
Si sales a caminar
todavía de noche, te llenas de un goce incomparable. A tiro de piedra de la
ciudad puedes contemplar que despunta la aurora y en ese momento la Madre
Naturaleza comienza a despertar a sus creaturas. El aroma a verde húmedo por el
rocío, el canto de las aves, el breve estremecimiento de las ramas batidas por
la brisa…, forman un sublime coro de voces celestiales. Concierto al que se
suma el crepitar de las mochilas multicolores con ruedas correr por la acera.
Son los estudiantes. Embutidos cada uno en sus vestidos a la moda de sus
gustos, caminan: algunos en solitario, cabizbajos y somnolientos, tristes
quizá. Otros en pequeños grupos hablan con voz queda mientras se despiertan.
Otros, demasiado bulliciosos, chillan y explotan petardos y globos, no se sabe
si para animarse o para alargar el tiempo de llegada. Los durmientes se
arrebujan bajo la almohada para no despertarse. A veces tienen malas
tentaciones. Serían capaces de hacerles picadillo. Aparte de ellos y de algún
despistado que sin duda va a su trabajo, la calle está casi vacía. Son las ocho.El jardinero despierta a
las flores a golpe de aire. Debe de ser para entresacar la basura y hojas
muertas que albergan sus hojas y corolas. Ahora entiendo por qué las encuentro
cada mañana tan airosas y pizpiretas. La fragancia que desprenden las
jardineras del paseo estimula el ejercicio matutino.
Poco a poco, como el
goteo de un grifo estropeado, aparecen los caminantes: los jubilados y los que,
bien por estar en ERTES o en ERES, o por falta de trabajo sin paga alguna,
quieren matar el tiempo y el hastío. Los
unos y los otros se afanan por recorrer unos kms., más que el día anterior. Por
el camino se cruzan con los más madrugadores. Son las nueve.
La vía verde conserva
todavía los agrestes colores del invierno, pero algunos frutales, que la
circundan, ya muestran sus yemas, precursoras de preciosas flores y suculentos
frutos. El goteo de gente aumenta exponencialmente.
Alcanzada la meta diaria
de ejercicio, es hora de volver. La hierba sigue mojada, y las hojas de los
árboles gotean su el exceso de humedad, la variedad de verdes aromatiza el
ambiente y te invita a seguir, pero los huesos ya empiezan a gritar que quieren
otra cosa.
Por las calles de la
ciudad fluyen personas que se han devanado los sesos para encontrar en sus recovecos
alguna excusa válida para salir (a respirar aire fresco, a encontrarse con
otras gentes con las que puedan charlar, a despejarse de sus cuatro paredes),
porque los comercios, como la restauración están cerrados y permanecerán así,
mucho tiempo más. Son las diez.
Una vez en casa, toca
completar el día. Y nada mejor que, a
través de los cristales, ver la vida pasar, y si llueve, el agua caer.
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